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Escritos pasantía 2026

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¿Qué es la clínica con mujeres?

Por Paloma Escobar Silva

Al pensar en la clínica con mujeres para responder que orienta el presente escrito ¿qué es la clínica con mujeres?, no solo pienso en las pacientes a quienes he podido acompañar a través de las sesiones y del tiempo. Pienso también en todas las mujeres que conozco: mi mamá, mi hermana, mis tías, mis amigas, mis colegas. Pienso en sus historias, en sus cuerpos, en aquello que han tenido que sostener y en aquello que quizás nunca se permitieron preguntar, hasta ahora quizás.

Y entonces aparece una primera pregunta, si todas nos identificamos como mujeres ¿qué es aquello que nos une? ¿qué compartimos? La respuesta, al menos para mí, no puede encontrarse en la idea de una experiencia femenina única. No hay una forma universal de ser mujer, ni existe un cuerpo femenino que pueda ser comprendido por fuera de las condiciones históricas, sociales y subjetivas que lo atraviesa. La experiencia de cada mujer estará marcada también por su clase social, edad, sexualidad, racialización, discapacidad, maternidad o no maternidad, territorio, entre tantas otras dimensiones que participan en la manera en cada una habita su cuerpo y construye una historia.

Por eso, pensar una clínica con mujeres supone, en primer lugar, resistir la tentación de homogeneizar. No se trata de asumir que todas las mujeres sufren por las mismas razones, sino de preguntarnos por aquello que, de distintas maneras, puede aparecer en sus historias.

En este sentido, el cuerpo adquiere un lugar central. El cuerpo de las mujeres no es solo un organismo ni solamente un lugar donde aparece el malestar. Es un cuerpo atravesado por discursos, mandatos, vínculos y experiencias, un cuerpo que puede cargar, sostener y ser marcado, pero que también puede constituirse como lugar de deseo, transformación y posibilidad.

Desde el psicoanálisis, resulta fundamental poder hacer esta distinción. No escuchamos solamente un organismo. Escuchamos un cuerpo que es hablado por la paciente. Un cuerpo que ha sido nombrado, mirado, evaluado, deseado, rechazado, cuidado o descuidado. Un cuerpo al que se han atribuido significados mucho antes de que pudiera preguntarse por ellos.

Con Freud aparece la noción de cuerpo erógeno, permitiendo pensar un cuerpo que no se reduce a su anatomía, sino que está atravesado por la pulsión, por el placer y el displacer, por zonas que adquieren significación psíquica. El cuerpo, entonces, no es únicamente aquello que “tenemos”, también es aquello que experimentamos, que sentimos, que deseamos y que hemos aprendido a mirar de determinada manera.

Y cuando ese cuerpo es leído como femenino, aparece otra pregunta: ¿qué se espera de un cuerpo ese cuerpo es leído como femenino?

Ser atractiva. Ser delgada. Ser joven. Ser maternal. Cuidar. Aguantar. Trabajar. Verse bien. No envejecer. No ocupar demasiado espacio. Saber cuidador a otros. Saber cuidar de sí misma, pero sin parecer demasiado preocupada por sí misma. Desear, pero dentro de ciertos límites. No ser egoísta. Ser independiente, pero también estar disponible.

Exigencias que muchas veces aparecen tan incorporadas a la vida cotidiana que dejan de ser reconocidas como exigencias. Se vuelven parte de aquello que simplemente “es”. Y quizás allí existe uno de los trabajos posibles de una clínica con mujeres: hacer sensible aquello que se ha vuelto invisible por su familiaridad.

Preguntarnos por las palabras que utilizamos diariamente, por aquello que damos por sentado, por las formas en que nombramos nuestros cuerpos, nuestros deseos y nuestras decisiones. Preguntarnos por aquello que nos hace ruido, incluso cuando todavía no sabemos explicar por qué.

En este punto, el trabajo de Silvia Federici resulta especialmente significativo. En Calibán y la bruja, Federici permite historizar la relación entre mujeres, cuerpo, reproducción y trabajo, mostrando cómo el cuerpo de las mujeres ha sido situado históricamente en relación con la producción y reproducción de la vida, el trabajo reproductivo y el control de la capacidad reproductiva.

El cuerpo femenino ha sido, históricamente, un cuerpo al que se la ha exigido producir y reproducir vida, cuidad y sostener.

Pero ¿Cuánto de esa historia continúa apareciendo en la clínica actual?

Aparece, quizás, más de lo que inicialmente podríamos llegar a pensar.

Aparece en la mujer que siente que debe cuidar a sus hermanos porque es la mayor. En quien aprende tempranamente a estar atenta a las necesidades de sus padres. En quien siente que debe sostener emocionalmente a su pareja. En quien organiza, recuerda, anticipa y resuelve. En quien experimenta culpa cuando prioriza sus propias necesidades. Aparece también en la pregunta por la maternidad, cuando tener hijos/as parece presentarse como un destino casi natural por el solo hecho de ser mujer: ¿y si no soy madre, entonces qué? ¿Para qué este cuerpo, si no reproduce?

Son preguntas que pueden aparecer en una sesión y que, lejos de responderse rápidamente, abren la posibilidad de historizar.

Porque aquello que una mujer piensa hoy sobre sí misma no comenzó necesariamente hoy. Podemos volver a sus historias, a cómo creció, a lo que escuchó, a lo que vio, a lo que interpretó, a aquello que aprendió sobre “ser mujer”. Podemos volver a la relación con su madre, con sus hermanas, sus tías, sus amigas, con otras mujeres significativas, pero también con los discursos sociales que fueron dando forma a aquello que podía o no podía ser.

En ese sentido, la clínica puede convertirse en un espacio para preguntar por el origen de ciertos significantes que parecían propios, pero que quizás fueron construyéndose en relación con otros.

Durante una instancia de supervisión, al pensar en los afectos que se movilizaban en el trabajo clínico, tuve que pensar en un objeto. La imagen que apareció casi espontáneamente fue la de una matrioska: esas tradicionales muñecas rusas de madera que contienen en su interior otras muñecas, cada vez más pequeñas.

La imagen me resultó significativa porque algo de esa lógica aparecía también en las mujeres que he acompañado. Mujeres distintas entre sí, con historias diferentes y motivos de consulta particulares, pero que parecían compartir un hilo: mujeres que, desde edades tempranas y por distintos motivos, habían debido sostener, cuidar o responder por otros, muchas veces postergando sus propias necesidades.

Ese lugar de quien sostiene no aparece necesariamente como algo impuesto de manera explícita. Muchas veces se construye lentamente, a través de pequeñas experiencias, frases, gestos, identificaciones y expectativas. Una niña que aprende que debe ser “la responsable”. Una adolescente que aprende a no generar problemas. Una mujer que aprende a cuidar antes de preguntarse qué necesita ella.

Y quizás ese lugar llega a convertirse en una de las capas de la matrioska. Una capa que contiene otra, y otra, y otra.

El trabajo terapéutico, sin embargo, no ha consistido para mí en construir nuevas narrativas ni en sumar explicaciones sobre aquello que les ocurre. Por el contrario, muchas veces el proceso parece llevarnos en la dirección opuesta, es decir, volver atrás para preguntarnos por el origen de aquello que hoy aparece como evidente, por las experiencias que otorgaron sentido a determinados significantes y por aquello que, con el tiempo, fue quedando cubierto por nuevas capas.

Quizás por eso la matrioska me resulta una imagen tan adecuada para pensar la clínica. No solamente porque permite pensar que cada persona alberga múltiples versiones de sí misma, sino porque recuerda que el trabajo terapéutico no necesariamente consiste en agregar algo nuevo. A veces consiste en abrir cuidadosamente aquello que se fue construyendo con el tiempo, mirar qué hay allí, preguntarnos cómo llegó a tomar esa forma y qué lugar ocupó para esa mujer.

No se trata de encontrar una “verdadera mujer” escondida detrás de las capas. Tampoco de reemplazar un mandato por otro. No se trata de decirle a una paciente quién debería ser ahora que ha reconocido aquello que la condicionaba.

Se trata, más bien, de abrir un espacio donde pueda aparecer la pregunta: ¿Qué quiero yo? ¿Qué me acomoda? ¿Qué me incomoda? ¿Qué deseo? ¿Qué me hace ruido? ¿Qué hago porque quiero hacerlo y qué hago porque aprendí que debía hacerlo? ¿Qué lugar quiero ocupar? ¿Qué lugar ya no quiero ocupar? ¿Qué significa para mí ser mujer?

Estas preguntas no tienen una respuesta universal. Y quizás justamente allí reside una de las posibilidades de una clínica con mujeres, en permitir que aquello que parecía tener una única respuesta pueda volver a convertirse en pregunta.

La clínica con mujeres es también una clínica que necesita permanecer atenta a sus propios límites. No podemos hablar de “la mujer” sin preguntarnos inmediatamente por las diferencias que existen entre las mujeres. Una experiencia de maternidad no será la misma para una mujer de determinada clase social que para otra; tampoco será igual habitar un cuerpo leído como femenino siendo una mujer heterosexual, lesbiana o bisexual; ser joven o envejecer; vivir con una discapacidad; habitar determinado territorio; ser migrante o racializada. Las categorías no se suman simplemente unas a otras, sino que se entrecruzan y producen experiencias particulares.

Por eso, pensar la clínica desde una perspectiva de género no significa llevar una teoría previamente construida a la sesión para explicar aquello que le ocurre a una paciente. Significa, más bien, mantener una escucha capaz de preguntarse qué lugar ocupan esos discursos en la historia singular de quien tenemos delante.

Porque tampoco se trata de suponer que todo sufrimiento de una mujer es producto del patriarcado, ni de borrar la dimensión inconsciente de aquello que trae a consulta. La perspectiva de género puede permitirnos historizar y contextualizar, pero el trabajo clínico continúa exigiendo escuchar aquello que es singular, aquello que no puede ser reducido completamente a una categoría social.

Es allí donde para mí se encuentran la clínica y la perspectiva de género: en la posibilidad de escuchar simultáneamente las condiciones que atraviesan a una mujer y la manera particular en que esas condiciones se inscribieron en su historia.

De esta manera, la clínica con mujeres no consiste solamente en trabajar “temas de mujeres”. Consiste en poder escuchar cómo una mujer ha llegado a ser quien es, qué discursos la han atravesado, qué lugares ha ocupado, qué ha tenido que sostener y qué deseos han quedado, quizás, en segundo plano.

También consiste en detenernos frente a aquello que parece demasiado cotidiano para ser interrogado: la culpa por descansar, la dificultad para decir que no, la necesidad de cuidar, el miedo a decepcionar, la preocupación por el cuerpo, la pregunta por la maternidad, el temor a envejecer, la necesidad de ser deseable, la dificultad para reconocerse como alguien que también puede necesitar de otros.

Son experiencias que pueden parecer pequeñas, incluso insignificantes, hasta que comenzamos a preguntarnos por la historia que existe detrás de ellas.

Quizás hacer clínica con mujeres es, en parte, volver sensible aquello que se había vuelto invisible.

Es poder detenerse en una frase que parecía casual. En una palabra que se repite. En una incomodidad que no parecía tener importancia. En aquello que la paciente dice casi al pasar y que, al ser escuchado, permite abrir otra capa de su historia.

Y es también poder acompañar el movimiento que ocurre cuando una mujer comienza a preguntarse por aquello que antes simplemente asumía.

No necesariamente para abandonar todo lo aprendido. No necesariamente para convertirse en alguien completamente distinta. Sino para poder distinguir, poco a poco, qué de aquello que sostiene pertenece a su deseo y qué pertenece a una exigencia que alguna vez tuvo que hacer propia.

Volviendo a la pregunta inicial, entonces, ¿qué es la clínica con mujeres?

Para mí, es atravesar aquello que se espera de lo femenino sin asumirlo como destino. Es historizar las exigencias ligadas a producir y reproducir vida, cuidar y sostener. Es escuchar el cuerpo no solamente como organismo, sino como un cuerpo hablado, vivido, deseado y marcado. Es reconocer que no existe una única experiencia de ser mujer y que toda clínica requiere atender a las condiciones particulares en que cada subjetividad se constituye.

Pero también es algo más. Es preguntarse por aquello que casi pasa desapercibido. Es detenerse frente a los mandatos que se vuelven cotidianos hasta confundirse con el deseo. Es abrir preguntas allí donde parecía existir una única respuesta.

Y quizás, sobre todo, es volver a preguntarse qué quiere una mujer cuando por un momento deja de responder a lo que se espera de ella: qué quiere ella, qué le acomoda, qué le incomoda, qué desea, qué ya no quiere sostener, qué quiere transformar.

No para encontrar una nueva forma correcta de ser mujer, sino para que puedan aparecer otras posibilidades.

Porque si la clínica comienza escuchando las capas que han dado forma a una historia, quizás también pueda acompañar el momento en que una mujer descubre que no está obligada a permanecer exactamente en el lugar en el que aprendió a estar.

Y tal vez allí se encuentre, para mí, una de las mayores posibilidades de la clínica con mujeres, no decirles quiénes deben ser, sino abrir un espacio donde puedan comenzar a escuchar quienes son y quiénes quieren ser para sí mismas.

 

 

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