Por Yanira Pizarro
Asocio la clínica con mujeres con palabras, acciones y sensaciones que cambian dependiendo del lugar y los tiempos en los que se presentan. Escuchar, cuidar, acompañar, sostener, nombrar, recordar, creer y crear. No sabría responder como tal qué es la clínica con mujeres, creo poder responder cómo nos moviliza, desde el lugar de analista, mujer, también paciente.
Acompañar a mujeres en la clínica implica encontrarse con marcas colectivas y singulares constantemente, siendo el desafío sostener el cruce entre ambas experiencias. Como mujeres situadas en un espacio y tiempo particular, cada encuentro y desencuentro en la clínica nos interpreta en nuestro rol de analistas, lo que nos moviliza a explorar y dar lugar a los efectos que en la subjetividad de cada una tiene lo colectivo. Escuchar otras historias requiere escuchar la propia, creando espacios de exploración que adviertan la semejanza y la diferencia de estos encuentros.
Pienso la experiencia analítica con mujeres como un camino por recorrer, una posibilidad más que un hecho concreto, incluso cuando estamos ahí -si existiera un “ahí”-. Es experiencia a medida que nos aproximamos, incluso sin comprenderlo del todo, a cómo cada una se apropia de esa historia compartida, qué marcas deja en su memoria, en su cuerpo, y qué respuestas singulares ha creado ante aquello que puede -o no- ser compartido por otras.
Escuchar a una madre, a una hija y a una amiga supone experiencias y sensaciones compartidas; el duelo, la pérdida, la confusión, la esperanza de pertenecer, la rabia que se rechaza y que a la vez sostiene y protege. Lo particular de la clínica con mujeres sitúa la pregunta en este punto, en esto compartido, colectivo, familiar, ¿qué es lo singular, lo desconocido, lo que escapa de toda comprensión? Una pregunta que nos invita a sostener la incertidumbre, a tensionar eso que creemos saber y a arriesgarnos a lo desconocido del encuentro con otras.
En una época de prácticas inmediatas, automáticas, mediadas por tiempos y sentidos lógicos, el espacio analítico apuesta por acoger la duda, la incertidumbre, en tanto esto posibilita escuchar lo que no se comprende del todo, lo que se ha silenciado, un lenguaje que se instala en tiempos y espacios subjetivos, y que para nosotras cobra un valor especial en tanto es un lenguaje del cual se nos insta a escapar, rechazar, incluso a cuestionar.
Eso incómodo, que suena y se siente extraño o ajeno, lo que escapa a la explicación lógica, suele ser rechazado, desmentido, se trata como una molestia para quien pudiese ofrecer escucha y alojo, incluso representación. Frente a este escenario desubjetivante, la clínica con mujeres pudiese ser la apuesta por escuchar eso extraño, ofrece un lugar en tanto ofrece una escucha, habilitando un camino desconocido que se recorre en compañía.
Es un riesgo para ambas partes, arrojarse a lugares distintos a lo conocido, a lo que debiese ser o lo que se espera que sea. Este riesgo es también posibilidad de movimiento, encontrar otros lugares, caminar de otras maneras, más propias y menos universales. No solo desde el dolor, arriesgarse a este recorrido es también dejarse sorprender por alegrías, sentidos de pertenencia, motivaciones, por eso que aman y que las ama en su dolor y su deseo. Continuar en el terreno familiar, conocido, lógico, estanca algo de esto; si ya es conocido, qué más queda.
Escuchar el dolor, la alegría, la rabia, el miedo, la confusión, sea un síntoma, un trauma, la locura, es implicarse como analista, en un juego constante entre no adelantarse ni paralizarse, y a la vez habilitarse a la escucha y a la presencia. El escuchar el sentido psíquico y singular que un suceso tiene en quien acompañamos, supone también escuchar qué de esto nos interpela, nos moviliza, nos desafía, nos paraliza. Es una elección, una posición y disposición a crear espacios de subjetivación y cuidado colectivo en un sistema de opresión, a momentos impregnado también en la profesión, que aísla a las mujeres de sí mismas y de otras.
